lunes, mayo 23, 2011

La mina de Macondo

Si Macondo tuviera una mina que llegara casi al corazón mismo de la tierra, no haría dentro de ella más calor que el pasé ayer en Huelva. Un sol grande, poca sombra y menos aire acondicionado en la emisora a la que volvía después de un mes para vivir la jornada electoral del 22-M. Una jornada, resaca de boda, en la que apenas dormí unas cinco o seis horas y que arranqué en mi colegio electoral (votando, codo con codo, con el que ya es el último alcalde socialista de Sevilla, Alfredo Sanchez Monteseirín), con parada en Bollullos Par del Condado (donde acompañamos a Diego Valderas) y tarde-noche en el Hotel Monte Conquero de Huelva, el lugar que eligieron los socialistas onubenses para celebrar una fiesta que se acabó convirtiendo en una de las jornadas más amargas de su historia.
Y yo, que cavaba y cavaba en la mina de Macondo (o, al menos, sudaba como si lo hiciera), empecé a sentirme incómoda. Casi tanto como el ambiente. Tanto como cualquier embarazada de siete meses en una jornada laboral de 15 horas. Las caras largas, los gestos serios, el nerviosismo, los cuchicheos, las tardanzas, los rumores y sus posteriores confirmaciones. De mi pueblo me contaba la pantalla que, por primera vez en su historia, iba a haber un gobierno local del PP. LLegaban noticias de Sevilla, de Córdoba... Sorprendentes vuelcos electorales en pueblos de la provincia históricamente socialistas que habían decidido dejar de serlo. Con la Diputación casi perdida y la capital perdida del todo para su partido, salió el Secretario General de los Socialistas onubenses, Mario Jimenez, y atendió a los medios como no supo ni quiso hacerlo una tristísima Petronila Guerrero. Con el desplante terminé la jornada, me encerré en el corazón de la mina hasta pasadas la una y media de la madrugada y ya me había quedado sin voz cuando empecé a contar lo que había pasado en las urnas. Y cavando, cavando (y sudando y sudando), salí de la emisora. Llegué hasta el hotel donde tenía que pasar la noche; el mismo que los populares onubenses habían elegido para celebrar su victoria. Con tres de ellos me crucé, fumando satisfechos y descamisados. Me saludaron y su sonrisa contrastó con el ánimo que yo traía del escenario de la derrota. Subí a la habitación, me duché y el agua se llevó mi sudor. El recuerdo de la jornada tardó bastante más en irse. Me costó dormir, empecé a hablar sola para sentirme acompañada, Cecilia no paraba de moverse en mi vientre y, cuando cerraba los ojos, se sucedían los porcentajes y los gráficos. El sol y el calor han vuelto a despertarme y he bajado animosa a desayunar. He comprendido que ésta es la Democracia que tenemos y que jornadas como ésta se viven pocas veces en la vida.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Será muy democrático, que lo es, pero el pueblo ha optado por elegir y dar la victoria a quienes más libertades nos han quitado.
La crisis es otra cosa, no nos confundamos.

DAVID dijo...

Anónimo, mucha razón, pero mucha razón que tienes!

Anónimo dijo...

yo creo que mucha gente, ahora, se arrepentirá de haber votado lo que ha votado.