martes, febrero 24, 2009

Sindicalismo y Poesía

Esperaba a que llegara el día 24 con impaciencia. Y ha llegado. Me habían propuesto un interesante reto en forma de Congreso de Comisiones Obreras al que dije que sí sin pensármelo y no sólo por mi compromiso con el movimiento sindical. García Montero iba a abrir con sus poemas el Congreso y yo, que desde hace unos meses llevo siempre en mi bolso un ejemplar de Completamente Viernes, iba a poder compartir escenario con él. Quizá hasta saludarlo. Quizá hasta me firmaría el libro del bolso.
Pero al llegar García Montero esta mañana al enorme Salón de Congresos repleto de sindicalistas y políticos no me he atrevido a acercarme a él y contarle nada de mis encuentros con sus poemas. Ni de cómo estoy completamente enganchada e intento que se enganchen los que me rodean. Lo miraba, le sonreía. Él me devolvía, a veces, la sonrisa. Compartimos unos minutos de espera al pie del escenario en los que pensé, incluso, escribirle en una página de mi cuaderno alguna de las cosas que quería decirle. Iba a ser un mensaje conciso en un papel que le introduciría en su bolsillo. Se iluminó el escenario, subió y habló de Sindicalismo, Democracia y Compromiso antes de leer este poema. Democracia.

Venga a mí tu palabra en los labios abiertos que me buscan para morder la rosa de los amaneceres. Venga a mí,en los ojos del joven que levanta la mano y pide la palabra, y confía sin más en las palabras. Por los años prohibidos, por las mentiras tristes que manchaban el aire como pájaros sucios, por los que se levantan con frío en las rodillas y por el exiliado que regresa, por su recuerdo herido al bajar del avión, venga a mí tu palabra. A mí,que quise hacerme hoy en primera persona del futuro perfecto con un libro de amor en el bolsillo. Por los libros de Freud y de Marx, por las guitarras de los cantautores, por los que salen a la calle y no se sienten vigilados, por el calor del cuerpo que aprendí a respetar mientras lo desarmaba con mi cuerpo, por los ojos brillantes de los antiguos humillados, por las banderas libres en las plazas igual que peces de colores, por un país altivo, mayor de edad, pero con veinte años, por los viajes a Londres y a París, por los poemas de Cernuda, venga a mí tu palabra. Tu palabra más limpia, más alegre, porque es el tiempo alegre de las palabras limpias. Los buitres han perdido su carroña de miedo. Parece que no tienen donde ir y vuelan a esconderse, a esconderse, muy lejos de nosotros, en la tumba más fría del pasado.

Y era tan certero lo que decía, y tan verdad, que lo dejé irse sin atreverme a decirle nada de mí, ni de sus palabras en mí, porque descubrí que poco podía hacer él en algo que no es más que una experiencia mía. Si lo hubiera parado, si me hubiera dejado fotografiar con él y, quizá, si le hubiese escrito un mensaje en un papel para introducirlo en su chaqueta, no hubiera dejado de ser una más de los muchos que le cuentan la revolución que trae a sus vidas los poemas que escribe. Lo dejé ir, terminé mi cometido y, con una sonrisa en los labios, cogí el coche y volví al sitio donde empecé a currar, a la misma sala donde me afilié al sindicato: una habitación repleta de papeles sindicales y poemas con una única presencia, ahora, que emplea su tiempo entre cuestiones laborales y búsqueda de la Belleza. Allí, sobre una de las mesas desocupadas había un papel que parecía estar ahí por algo, quizá para mí. Es un texto de Jaime Sabines.

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad. ¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada. Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»). Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Y me ha emocionado. Tanto que le he confesado a mi amigo que esto lo he sentido yo. Alguna vez. Quizá ahora mismo. Y de vuelta a casa he pensado en una débil frontera. La que separa al Sindicalismo y a la Poesía.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esperaba verte para que me lo contaras en persona, por eso no te llamé anoche, pero como te encanta pirfear...Me alegro de que todo saliera bien, mejor de lo que esperabas, a pesar de tus "nervios". Te tengo que regañar!! Ese ejemplar que llevas en el bolso tenía que estar dedicado! Y perdiste una buena ocasión para hablar con el que en éstos últimos meses nos ha vuelto "locas perdías" y nos tiene enganchadísimas. Yo no he parado de leerlo desde que “escuché” por primera vez uno de sus poemas. Ahora tengo encima de mi mesilla, un libro, a medias contigo, que cada noche consigue llevarme al sueño con una sonrisa, que está lleno de palabras, verdades, que hacen pensar y que luego quiero compartir y regalar.
Ya te llegará tu turno, a ver si me desengancho un poco.
Si hubieras escrito una nota para él y se la hubieras entregado, seguro que la hubiera guardado, tal y como tú has hecho con la que encontraste entre papeles. Todo lo que se escribe con sentimiento, pienso, tiene valor.

Otro día hablamos de Sindicalismo.

Un beso, Pirfa.

Herblay dijo...

Compañera, qué entrada más hermosa... (y qué guapa sales). Un beso