lunes, diciembre 01, 2008

La Profesión


Había una vez un periodista en una multitudinaria y ruidosa redacción de periódico que me sorprendió con un regalo en forma de tachones rojos sobre la hoja del día. El mismo que después me habló de las galeras, de la canalla y las trincheras, de la Profesión y del Compromiso en unos almuerzos en un bar de menús de la calle Imagen. El mismo que se ha hecho un blog en el que escribe lo que siempre hizo con su vida y pone, entre otras reflexiones "El mayor acto de valentía es, sencillamente, decir la verdad, con la palabra y con la vida". El mismo que nunca ha escuchado las tentadoras llamadas que venían del poder. El mismo que me dijo un día, cuando yo no era más ni menos que una de las decenas de becarios que pisábamos aquel periódico, que si quería algún día ser escritora tenía que escribir a diario. El que me regaló libros tan valiosos como sus conversaciones. Con ellos me descubrió a C.S. Lewis, a Marco Aurelio y al mismísimo Principito y con ellas me enseñó cuatro o cinco leyes básicas de la vida como que el vodka con zumo de naranja es bebida de anestesista. El mismo que me hablaba de filosofía, de conspiraciones y de oportunidades. El que me dijo, todavía no sé bien porqué, que se notaba en mis cicatrices que yo serviría para esto.
Y hubo otro día otro periodista que, cuando escribí en una noticia la manida expresión "en este marco incomparable" me espetó: "Hay dos tipos de periodistas, los buenos y los que escriben marco incomparable". El mismo con el que sellé una amistad cómplice a varios metros de distancia. El que distinguía entre periodistas, redactores y licenciados. El que me mostró a Kapuscinski, por fin, y me animó a buscar La Belleza con una canción de Aute y otra de Silvio Rodríguez que son dos grandes emblemas en mi vida. El que sustentaba la cuerda en la que me apoyaba y que estuvo ahí cuando quisieron cortarla. El que me dio la oportunidad de trabajar por primera vez de periodista y dio conmigo el último paso con el que dejé atrás mi primer trabajo. El que no dejó que la informática le ganara la batalla y aprendió a mandar preciosos poemas y canciones por la Red. El que, cuando las circunstancias fueron adversas, se pasó al lado de la solidaridad.
Y esos dos periodistas, cada uno a su manera, me mostraron los grandes encantos de una profesión a la que amo sobre todas sus miserias. Me legaron principios que no me enseñaron en todos los años de la facultad. Quiso el destino que pusieran sus ojos sobre mí y aquí sigo, a vueltas con la vida, las palabras, la profesión y el compromiso.

3 comentarios:

Roberto dijo...

"Jamás separes los labios si no estás seguro de que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio". Lo dicen los árabes y hoy me lo creo. Por eso me callo y ni te llamo. En silencio, muy en silencio, musito mi más mudo y sincero ¡gracias a ti!.

Anónimo dijo...

El primero tiene buena pinta. El segundo es simplemente un sin verguenza que debería ganarse el sueldo con honradez y no andar por la vida tratando de hundir a gente que solo quiere trabajar y vivir. Menudo curilla miserable. Que te cuente su historia con Urdaci. Si no tienes más referentes, vas dada, amor.

Anónimo dijo...

Ah, no, que no era ese, que el que yo digo solo fue un mandao que va de pureta. Como no das nombres. Pero se parece tanto a uno que yo me sé.